Por Marisa Plano
En un mismo aula, las mochilas no pesan lo mismo.
A simple vista, parecen iguales: colores, tamaños, útiles ordenados o desordenados. Pero hay mochilas invisibles, silenciosas, que no se apoyan en los hombros sino en el alma.
Algunos alumnos cargan historias mi amor y contención. Otros, en cambio, llegan con ausencias, con palabras que duelen, con silencios que pesan más que cualquier libro.
Hay quienes traen la tranquilidad de un hogar presente, y quienes arrastran incertidumbre, miedo o responsabilidades que no corresponden a su edad.
También están las mochilas de la salud, de los diagnósticos, de los procesos internos que nadie ve. Las de la ansiedad antes de una evaluación, las de la inseguridad que susurra»no vas a poder». Y, sin embargo, todos están sentados en el mismo salón, frente al mismo pizarrón, con la misma consigna.
Pero no todos parten del mismo lugar. Educar no debería ser medir con la misma vara, si no aprender a mirar más allá de lo evidente. Entender que detrás de»no hizo la tarea»puede haber mucho más que desinterés. Que un gesto de enojo puede esconder angustia. Que el silencio a veces no es falta de participación, sino necesidad de ser cuidado.
La verdadera inclusión comienza cuando dejamos de comparar mochilas y empezamos a comprenderlas.
Cuando el docente, dejo de juzgar, se pregunta. Cuando en lugar de exigir desde la rigidez, acompaña desde la empatía. Cuando la escuela se convierte en un espacio donde, aunque la mochila pese, haya manos disponibles a aliviarla.
Porque educar también es eso: reconocer lo invisible.
Y tal vez, si logramos mirar así, descubramos que no se trata de que todos lleven la misma mochila, sino de que ninguno tenga que cargarla en soledad.
Lic. en Ciencias de la Educación
