Por Paula Winkler-
Resulta innecesario hacer hincapié en que hoy estamos acostumbrados a las narrativas fragmentadas que ofrecen las agencias de noticias en internet. La mayoría adicta a las pantallas de los celulares e inmersa en las redes se percibe a sí misma como inteligente, veloz, habilitada para estar en varios lugares a la vez y opinar sepa de lo que se habla (o no lo sepa).
Sería tonto negar la valía de la IA y de la IAG. Sin embargo lo es el no distinguir entre pensar y deglutir discursos ajenos. Lo digital ha desplazado supuestamente a lo analógico. Pero esto no es transversal como se cree: quienes pueden darse el lujo del silencio y de utilizar el tiempo del ahora en actividades reflexivas, leer, explorar espacios de arte y viajar a paisajes exóticos están rescatando lo analógico.
Nada casual, pues, que pululen festivales de poesía, talleres de escritura, encuentros de lecturas, estudios de teatro, meditación y filosofía. Dos ejemplos: una de las firmas considerada como la más destacada en la moda Miu Miu, cuyos inicios tuve la oportunidad de conocer en Italia y en sendas tiendas del sur francés, se ha vuelto curadora de poesía y de literatura. Organiza clubes de narrativa y de poesía, quizá por reconocer que los ociosos del lujo y quienes sin serlo se hartaron igualmente de consumir arte y literatura en lugar de meterse de lleno en sus entrañas, revalorizando los long sellers y la nueva plástica y escultura, demuestran a diario la necesidad de volverse silentes, activos o no. De consumidores se están transformando en auténticos usuarios, lectores. No devoran libros recomendados por estadísticas, son seres emocionales y pensantes. Sintientes.
El segundo ejemplo: Charlotte Casiraghi, la hija de Carolina de Mónaco, licenciada en Filosofía por la Universidad de la Sorbona, desde hace años organiza encuentros de literatura y filosofía en su pequeño país, invitando a escritores y pensadores, además de que acaba de publicar su primer libro “La fêlure”, La grieta, donde –según afirma la nota de prensa- se ocupa de la vulnerabilidad humana en un tono íntimo y profundo.
En nuestro país, de eternas crisis, las librerías, aun las del usado, no reflejan demasiadas ventas. Aunque sí avanza la recomendación del boca a boca, de los influencers en las redes y el intercambio entre conocidos y amigos. Y existen múltiples grupos de lectura, talleres en los que se supone se aprende a escribir y a componer poesía o se discuten los textos a la usanza de las viejas tertulias entre escritores. Algo similar sucede con el arte y la filosofía.
Si la alta costura advirtió este retorno a lo analógico, sin descartar desde luego la IA, sería interesante divulgar que la salud mental no se recupera en pantalla, sino reflexionando con el otro. Peter Sloterdijk, el filósofo alemán, suele decir que en Occidente vivimos en sociedades que jamás están consigo mismas. Y no lo están porque priorizan el celular a la presencialidad, el consumir literatura en lugar de disfrutarla; se obsesionan con el futuro tan incierto en lugar de organizarse en el ahora, lo único real.
No es imprescindible poseer riqueza ni ostentar altos cargos políticos o privados para diferir por un rato lo digital. Se trata de valorar el ocio, estar en silencio, de los encuentros y de no olvidar al arte ni a las letras. Después de todo, en la memoria de internet están identificados los universales y los buenos textos contemporáneos y de siglos anteriores. La IA supone inteligencia obligada, pero la conciencia nos continúa perteneciendo a los humanos. Cuando menos a los racionales y sintientes.
¿Quién se anima a comentar en sociedad que se queda en casa para leer y pintar, que prefiere el silencio al bla,bla sempiterno? Si estás desnortado, no lo vas a superar yendo a Mar del Plata, a Punta del Este, al Caribe o comprándote un tour por Europa. Tampoco transformando tu celular y las redes en una suerte de prótesis redentora.
