Hay personas buenas, o que luchan denodadamente por serlo, que bregan por no causar daño a los demás y son capaces de perdonar genuinamente al prójimo por el daño de las que son víctimas. Sin embargo, son incapaces de perdonarse genuinamente a sí mismas si cometen un error que afecta a otras personas.
Y aun arrepentidos por el acto dañoso, lo mismo siguen cargando con la culpa, siguen no perdonándose, continúan devastándose, arruinándose para mal innecesario propio y de los demás.
Hay un pasaje del Evangelio de Lucas en los que Jesús de Nazareth les dice a sus seguidores: «No juzguen, y no serán juzgados. No condenen, y no serán condenados. Perdonen, y serán perdonados».
La pregunta es: ¿Tales actitudes, como el perdonar, Dios, o el Orden Superior, las quiere solo para los demás o para uno mismo también? Dentro de esas palabras de Jesús parecen afluir otras también: «Dios no puede perdonar, o no perdona a quien arrepentidos de un mal acto no es capaz de perdonarse a sí mismo».
La culpa innecesaria, crónica, la que prosigue luego de haber dicho «me arrepiento, perdón», es una pesada carga, un verdadero demonio que bloquea a la persona, la hace inútil no solo para sí misma, sino para los demás. Esa culpa no tiene nada que ver con los deseos de Dios, de la vida, y anula la concreción del propósito para el que la persona está en este mundo.
Las cargas innecesarias y perjudiciales hay que echarlas de los hombros.
