Por Catalina Pastorino
Ilusión ante una nueva página en blanco, la sensación de poder convertirnos en nuestro yo ideal, la lista interminable de promesas variadas; ir al gimnasio, ser más organizado, meditar, comer saludable, y la firme promesa de que “este será mi año”. ¿Quién no se vio en este lugar cada 1 de enero? ¿Y por qué el comienzo de año nos resulta tan emocionante para efectuar cambios? Este fenómeno se estudia bajo el nombre de “Fresh start Effect” o “Efecto de nuevo comienzo”, y fue principalmente difundido por Katherine Milkman, profesora de la Wharton School de la Universidad de Pensilvania, quién se especializa en ciencias del comportamiento.
¿Y en qué consiste entonces este fenómeno? El mismo describe nuestra tendencia a emocionarnos frente a un nuevo inicio temporal significativo, que de alguna forma marca un antes y un después en nuestro accionar, o al menos así lo sentimos. El calendario en este caso nos hace desarrollar la sensación de que estamos soltando a un yo del pasado, dándole acceso a nuestra versión ideal, lo cual nos permite olvidar y soltar aquellos fracasos, experiencias y sensaciones que nos hacían sentir que no podíamos lograr lo que pretendíamos. Es por eso también que solemos elegir fechas para nuevos objetivos; una nueva semana, un cumpleaños, un nuevo mes, y generalmente lo hacemos con grandes cargas de expectativas e ilusión.
No hay dudas de que este efecto puede ser positivo como un primer impulso, pero ¿se puede convertir en algo peligroso para la consecución de nuestros objetivos?
Esta negación de un yo anterior, más frágil e imperfecto nos lleva a querer llevar a cabo diferentes acciones que muchas veces no están alineadas a nuestra realidad actual, lo cual deviene en estrés, frustración, y posterior abandono.
A fin de año, a la particularidad de esta sensación se le suma la presión social, y lo que consumimos diariamente en las redes sociales donde grandes transformaciones aparentan surgir de un momento al otro. Pero la realidad es que una fecha en el calendario no basta para cambiar nuestras acciones, y menos para cambiar nuestra identidad. Difícilmente nos convertiremos en otra persona sólo porque pasamos del 31 de diciembre al 1 de enero, y podemos recurrir a la evidencia: la mayoría de las personas que se sujeta sólo a una fecha para efectuar cambios, termina abandonando sus objetivos en los meses siguientes.
Ahora, ¿entonces no conviene desarrollar propósitos de año nuevo? Claro que conviene, porque son épocas ideales para generar conciencia sobre el rumbo que toman nuestras acciones, y como hemos dicho antes, desde el lugar adecuado podemos utilizar las emociones de un nuevo comienzo a nuestro favor, pero para ello quizás es importante observar algunas cuestiones:
En primer lugar establecer propósitos desde el querer y no desde el sentido de la obligación. Para ello es crucial entender cuál es el “para qué” de nuestro objetivo y éste mismo debe ser lo suficientemente atractivo para que nos impulse diariamente a perseguirlo. Cuando una meta nace de un deseo interior auténtico y genuino, surge lo que llamamos motivación intrínseca, que suele ser mucho más poderosa que la motivación extrínseca (aquella que proviene del exterior: opiniones, miradas, expectativas, etc).
Otro aspecto a tener en cuenta, es que estos propósitos y objetivos deben ser “a medida”. Es decir, observando nuestra situación actual, alcance físico y mental y recursos del momento presente. Cuando hablamos de cambios, es necesario hacernos amigos también de las pequeñas acciones. Sí, quizás no encontremos tan divertido anotar dos o tres objetivos que parecen minúsculos, pero que pueden ser la antesala de transformaciones reales y profundas.
Por último, flexibilizarse ante ese yo ideal es crucial para no frustrarnos cuando las cosas no salen como esperábamos. En muchas ocasiones, ante el primer día que faltamos a lo que nos habíamos propuesto, nos sentimos decepcionados y solemos abandonarlo como si se tratara de una carrera perdida. La realidad es que ningún proceso es lineal. El camino estará seguramente colmado de subidas y bajadas, la cuestión no es si luce perfecto, sino cuánto somos capaces de mantenerlo.
