Por Marisa Plano*
Las vacaciones son una pausa necesaria en la rutina escolar, pero no deberían ser una pausa en el encuentro con la lectura. Lejos de exámenes y obligaciones, los libros pueden transformarse en compañeros de juego, de descanso y de descubrimiento. Leer en vacaciones no es una exigencia, es una invitación amorosa a imaginar, sentir y pensar con libertad.
Cuando un niño Lee por placer, sin apuros ni correcciones, se fortalece su mundo interior. La lectura estimula el lenguaje, la creatividad y la empatía, pero sobre todo construye un refugio: un espacio propio donde cada historia se vive a su ritmo. En ese sentido, leer también es una forma de cuidado emocional.
Es importante que los adultos acompañemos sin imponer. Ofrecer libros variados, respetar intereses, leer juntos, escuchar lo que los niños cuentan de lo leído, o simplemente permitir que hojeen y elijan, es un gran gesto. Cada niño tiene su tiempo, su modo y su sensibilidad; la lectura debe adaptarse a ellos, no al revés.
En vacaciones, un libro puede ser tan valioso como un juego al aire libre o una tarde compartida. Porque leer No es solo aprender a leer palabras: es aprender a leerse a uno mismo y al mundo. Y cuando un niño descubre eso, la lectura deja de ser tarea y se vuelve compañía.
Tengamos presente que leer en vacaciones también es un acto de confianza: confiar en que los niños, cuando se sienten libres y respetados, se acercan a los libros desde el deseo y no desde la obligación. Y sembrar sin apuro, sabiendo que cada historia compartida deja huellas invisibles pero profundas. Porque un niño que lee en un clima de calma y afecto no solo incorpora palabras: construye sentido, memoria y esperanza y lleva consigo ese tesoro mucho más allá de las vacaciones.
*Lic. en Ciencias de la Educación
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