Por Andrea Albertano
Cuando Elvia Albornoz habla de sus ponchos, habla del viento, de la nieve, de los incendios que dejaron marcas en el paisaje y en sus tejidos. También habla de su abuela española, que hilaba huso, de las bardas neuquinas que la vieron crecer y de las plantas de la Patagonia con las que tiñe las madejas que luego transformará en obras de arte.
Reside en Rincón de Emilio, Neuquén, donde elabora tejidos en telar vertical y de cuatro cuadros y también da capacitaciones en técnicas ancestrales de hilado, tejido y teñido con tintes naturales. “Trabajo la lana desde la esquila hasta que se convierte en una prenda terminada”, cuenta con orgullo.
Criada entre mujeres tejedoras —su madre, su abuela y sus tías—, Elvia heredó el amor por el hilado desde niña. La imagen de su abuela española hilando con huso y rueca quedó grabada en su memoria como una escena mágica. “De chica me encantaba mirar cómo giraba el huso; ese movimiento era hipnótico y misterioso”, recuerda. Sin embargo, no fue hasta años más tarde, luego de formarse como profesora de Expresión Corporal y Danza, que volvió a encontrar en el hilo una nueva manera de expresarse.
“Ya con 7 años mi madre me enseñó a tejer a dos agujas, y luego fui aprendiendo bordado y diversas técnicas textiles. Comencé como hobby con el telar vertical, aprendiendo a urdir una fajita, un camino, una chuspita y luego quedé atrapada en la trama. Mi formación estuvo marcada por la enseñanza de mis profesores María Mastandrea y Jorge Marí, y luego con el intercambio con colegas de todo el país”, relata a OHLALÁ!
Continuó su aprendizaje trabajando con el telar criollo de 4 cuadros: “Allí vi las posibilidades de hacer diseños y jugar con distintas tramas, hilados, texturas, como por ejemplo barracán, sarga, pie de poule, príncipe de gales, satén”.
Su taller se llama Artelvia, y el nombre encierra una declaración de principios: cada pieza está atravesada por una búsqueda estética, emocional y territorial. “Trabajo con tintes naturales que preparo con plantas de mi entorno. Cada planta me cuenta algo distinto y cada lana responde diferente. Hay algo muy vivo en ese proceso”, entiende.
Y asegura que los tintes naturales ofrecen una alternativa atractiva con beneficios para el medio ambiente, la salud y la creación de prendas únicas y con significado.
“Uno de mis intereses es recuperar las técnicas y el conocimiento de las plantas que sirven para teñir en las distintas zonas geográficas, en mi caso la patagonia. Obtengo los colores de plantas nativas de la meseta, estepa y cordillera (muchas de ellas de uso medicinal). La paleta de colores es en su mayoría tonos cálidos: desde los marrones, naranjas y ocres hasta los amarillos y verdes. La recolección de las especies se hace en forma sustentable, evitando por ejemplo los tintes que utilizan las raíces de las plantas”, sostiene.
Sus creaciones –cuenta– están inspiradas en la naturaleza. “La paleta de colores la armo a través de las plantas que encuentro en el lugar donde vivo. Según la época del año, nos dan distintas tonalidades. Las que más uso son: hojas de radal, pañil, hipérico, nalca, cáscara de cebolla, yerba, lluvia de oro, eucalipto medicinal, aromo, lengua de vaca, jarilla, nogal, y cochinilla”, describe.
Su producto estrella es el poncho tejido en telar mapuche con lana merino, pieza de diseño único con identidad patagónica. “En mis trabajos utilizo mayor cantidad de colores que el poncho tradicional, logrando un degradé de tonos al incorporar una técnica propia de intercalado de urdimbres. Tomando como fuente las pautas culturales y estéticas tradicionales, logro un diseño que me diferencia del resto de las tejedoras”.
Fuente Ohlalá
Fotos gentileza Elvira Albornoz