Por Ane Amondarain
La historiadora del arte y académica argentina Andrea Giunta, quien lleva años estudiando el arte feminista y emancipador de América Latina, sostiene que la fusión entre arte y feminismo «pone en crisis los parámetros patriarcales» que han ordenado las sociedades. Es por ello que en su último ensayo Diversidad y arte latinoamericano pone en valor la importancia de este movimiento artístico que «implica una forma alternativa de entender el mundo y las relaciones de poder».
Pero Giunta es consciente de que las artistas contemporáneas de la región han enfrentando y enfrentan aún numerosos techos de cristal que impiden que sus obras sean visibilizadas y sus trayectorias sean tan reconocidas como lo han sido las de los artistas hegemónicos. De ahí su empeño en ahondar en Diversidad y arte latinoamericano. Historias de artistas que rompieron el techo de cristal (Siglo XXI) en la trayectoria de cinco artistas contemporáneas mujeres y un hombre que pese a las adversidades y las discriminaciones de género y raza han logrado hacerse un hueco en el sector del arte.
«El techo de cristal es un concepto poético y preciso al mismo tiempo, es una manera de nombrar lo que es sutil, un tamiz, sobre todo, en el mundo del arte donde hay muchas cosas que sólo se pueden decir con delicadeza. Yo soy una persona que no busca decir las cosas así, sino como creo que son. Y sí, existen los techos de cristal, están articulados de muy diversas maneras y me parece que hay muchos techos, no es solamente el techo de ser mujer, es el de ser artesana, indígena, mapuche, gay, trans… Son muchos los techos de cristal, no es uno solo», denuncia Giunta en una entrevista con Efeminista.
En esta páginas, la autora se sumerge en las historias y propuestas artística de la afrobrasileña Rosana Paulino; la pintora argentina centenaria Ides Kihlen; la escultora y pintora argentina Cristina Schiavi; la artista mexicana Mónica Mayer, pionera del arte feminista latinoamericano; la uruguaya Pau Delgado Iglesias; o el colombiano Carlos Motta. Es a partir de estos casos que la académica señala y desarticula los techos de cristal.
Pero esta obra es también el fiel reflejo de que si bien una no nace siendo feminista, siempre puede llegar a serlo. La doctora en Filosofía y Letras confiesa que al inicio de su trayectoria profesional ella también pensaba que «el feminismo no tenía sentido en el arte» hasta que se percató de que la mayoría de sus investigaciones hasta entonces eran sobre artistas varones. «Una normaliza el canon, lo hereda y lo reproduce», reconoce.
Pregunta (P): ¿Qué le llevó a escribir Diversidad y arte latinoamericano?
Respuesta (R): Este libro empieza con un libro anterior, que es Feminismo y Arte Latinoamericano. Historias de mujeres que emanciparon el cuerpo (Akal, 2021), que fue escrito al mismo tiempo que estaba trabajando en la gran exhibición Radical Women, inaugurada en 2017, y que fue parte de una iniciativa financiada por la Fundación Getty en Los Ángeles. En ese libro cuento la odisea de curar esa exposición porque teníamos a todo el mundo en contra, también a nuestros colegas de toda la vida, diciéndonos que no tenía ningún sentido hacer una exposición de artistas mujeres de entre 1960 y 1985.
Entonces, me puse por primera vez a trabajar con estadísticas porque cuando todos te dicen que es un tema del pasado, las estadísticas demuestran que no lo es. Finalmente, con Cecilia Fajardo-Hill decidimos hacer la muestra sólo de mujeres porque cuando es tanta la oposición significa que hay algo traumático ahí. Estábamos muy preparadas para que nos criticaran también con que éramos unas feministas esencialistas y en este contexto Trump ganó las elecciones, con lo cual la exposición se convirtió en una especie de manifiesto contra toda su misoginia y resultó ser la exposición más exitosa, lo que evidencia cómo la coyuntura social modifica la lectura de las cosas.
Este libro se llama Diversidad, aunque también podría haberse llamado Feminismos, porque se publica este año en un contexto diferente a nivel político para la Argentina, donde el feminismo es parte de la plataforma discursiva desde la que se articulan gran parte de los discursos de derechas. Además, el libro también incluye un giro distinto porque ya no son solo las mujeres, sino que hay otras problemáticas y eso es parte, por supuesto, de un proceso de muchos años de reflexión, de pensar que yo también creía hace muchos años que el feminismo no tenía sentido en el arte porque si la obra era buena ya bastaba. Yo también era patriarcal en una cantidad de presupuestos que tenía incorporados, hasta que un día me di cuenta de que había escrito gran parte de mis textos sobre artistas varones. Una normaliza el canon, lo hereda y lo reproduce. En los año 90 ya empecé a trabajar la perspectiva de género, pero en Buenos Aires no tenía interlocutores. En esa década la palabra feminismo perdió legitimidad y la palabra género era la hegemónica y legítima.
Pero con el movimiento Ni una menos, a partir del 2015, el término feminismo volvió a tener legitimidad. Al mismo tiempo yo me iba ampliando hasta que alcancé la capacidad de poner en palabras cosas que eran obvias y evidentes, y hasta que entendí que el feminismo no es solamente la lucha por la representación de las mujeres o contra la violencia hacia las mujeres, no es sólo denuncia, es una filosofía, un modo de entender la vida.
P: ¿Qué es lo que más le interesaba de centrarse en los techos de cristal en el mundo del arte?
R: Es un concepto poético y preciso al mismo tiempo, es una manera de nombrar lo que es sutil, un tamiz, sobre todo, en el mundo del arte donde hay muchas cosas que sólo se pueden decir con delicadeza. Yo soy una persona que no busca decir las cosas así, sino como creo que son. Y sí, existen los techos de cristal en el mundo del arte, están articulados de muy diversas maneras y me parece que hay muchos techos, no es solamente el techo de ser mujer, es el techo de ser artesana, el de ser indígena, mapuche, gay, trans… Son muchos los techos de cristal, no es uno solo.
P: ¿Cuáles son esos techos de cristal que enfrentan las mujeres y las diversidades en el mundo del arte contemporáneo?
R: Por ejemplo, haber empezado a ser reconocidas a los 80 y pico años, como es el caso de Ides Kihlen (Santa Fe, Argentina, 1917). Ella es un récord mundial, pinta desde los 5 años y hace 100 años que pinta. Hizo toda su obra al margen de todo. Quizás el caso de Kihlen es muy particular porque aún resiste su rechazo. Por un lado, están los que quedan completamente deslumbrados porque es una señora de 107 años que sigue pintando. Pero, por otro lado, el mainstream cool del arte no le incorpora en exhibiciones colectivas o no se realiza un ejercicio crítico de su obra.
P: ¿Qué historia de los y las artistas sobre las que ha trabajado en este libro le ha cautivado más?
R: El caso de Pau Delgado Iglesias es muy especial porque entra en el territorio de las cosas que no pensamos, es decir, no pensamos qué sienten las personas ciegas, cómo configuran su sexualidad. Por supuesto, Mónica Mayer es una artista fundamental para América Latina porque ella es la que produce todo el cruce temprano con el feminismo artístico de los Estados Unidos. Es una artista que dice ‘Soy feminista, estoy en las marchas y además hago un arte feminista’, que es el giro que imprime Judy Chicago cuando crea la Womanhouse con la idea de que hay un arte feminista del que se puede aprender y enseñar.
Además, Mayer tiene una dinámica de trabajo que ha permeado mucho en la región con su obra El Tendedero —que emula la estructura de un tendal del que cuelgan alrededor de 800 notas de papel rosa con mensajes escritos a mano que completan la frase “Como mujer lo que más detesto de la ciudad es…”—. Esta obra se instala en todas partes, es una obra colectivamente apropiada. Ella a veces se entera de que la han armado en una escuela y ni sabe cómo. La obra ha perdido la autoría por momentos.
P: ¿Cómo es hacer o curar arte feminista en la Argentina actual?
R: La derecha más radical no ha llegado todavía al poder en Europa. Nosotros sí que estamos viviendo verdaderamente un laboratorio de la derecha. Tenemos un presidente que no es nacionalista y que es bastante diferente de Abascal, Trump o Bolsonaro, que sí lo son. Cuando uno trata de entender cuál es el modelo imaginario que mueve la efusividad de Javier Milei, uno imagina que es un mundo sin fronteras donde solo los capitales y los dueños del dinero crean el orden.
Así que estamos en un verdadero laboratorio de alguien que quiere terminar con el Estado, el Banco Nación, pero que sí comparte con los otros aquello que llaman con mucho énfasis ‘la batalla cultural’, que se articula muy fuerte sobre el movimiento feminista. Pueden no compartir el ideal de nación, pero sí comparten la idea de manipular los afectos y usar los sentimientos, en especial, el odio, que es un sentimiento que ordena rápidamente a las personas.
Pero para los gobiernos lo que pasa en el mundo del arte es una microescena que no les preocupa para nada. Estamos en un momento de mucha exploración y conversación. No tendría ningún sentido decir hoy que vas a hacer una exposición feminista porque sería ir hacia una confrontación poco estratégica, pero sin embargo están pasando las cosas y el arte es un mundo que por ahora tampoco parece preocuparles demasiado.
Fuente EFE
Portada:La historiadora del arte y académica argentina Andrea Giunta publica ‘Diversidad y arte latinoamericano’. Créditos: Siglo XXI
