Por Pamela Vestfrid
La fiesta de casamiento, el título colgado en la pared, solo faltaba el hijo. Así pensaba ingenuamente que el futuro podía planificarse de modo sencillo. A pesar de no comprender algunos designios de la naturaleza, ni bien llamé a la cigüeña contaba con un corazón minúsculo creciendo en mis entrañas.
Parece que las mujeres no estamos completas sin casarnos, sin tener descendencia con un parto terrible, amantar y no sé cuántas otras ideas que se hicieron añicos por el aire mientras voy envejeciendo.
Siempre tuve el deseo de tener una niña, con el embarazo avanzado por fin me confirmaron que así sería, sumaría una dama a la Tierra.
Pasé por las tonterías de una sociedad miope, escuchando experiencias de madres que me narraban cómo había sido la espera de sus vástagos. No de muchas, porque mi panza no era prominente y entonces había gente que desconocía mi condición de mujer preñada.
Cada día me levantaba con los primeros rayos del sol descompuesta y recién me empezaba a sentir bien al comenzar la noche. Por eso, llevaba siempre una bolsa y una toalla de mano en mi cartera. Un suplicio, pero mi doctora me decía que todo iba bien, engordaba y mi bebé crecía, no había de qué preocuparse. Tenía controles cada treinta días, y así sería hasta llegar a los siete meses. Yo ansiaba llegar a ese momento, quería participar del curso de parto, comprarme un bolso grande y de colores pastel, terminar de arreglar la habitación de mi hija. Nada de eso sucedió.
Un día de febrero, dos meses antes de la fecha de parto, iba a pie por el centro de la ciudad. Hacía calor, eran las dos de la tarde y empecé a sentir humedad entre las piernas. No me preocupé, porque había leído en un portal de embarazadas que era normal en los últimos meses sufrir de incontinencia urinaria.
Caminaba tranquila, sintiendo la pesadez del aire de verano en la metrópoli, que envolvía todo mi cuerpo. Al entrar a casa me dirigí directamente al baño. Para mi sorpresa el pis era sangre. En un instante el piso del baño se transformó en un enorme lago rojo, desbordante de perplejidad y desolación. La desesperación se apoderó de mí.
En ese tiempo mi ginecóloga se ufanaba de no usar celular y en su domicilio nadie atendió el teléfono fijo. Caí en una guardia de un sanatorio céntrico. Por unas largas horas -médicos que nunca me habían visto en la vida- me hacían pruebas para ver qué pasos seguir. En la ecografía se sentían los latidos de mi bebé, raros pero audibles. Y yo creía que había perdido mucha sangre y sospechaba que lo mejor sería sacarla. Así fue, me hicieron una cesárea de urgencia.
Nunca me habían operado antes y me tocó tener un bautismo hóstil. Recuerdo que el médico me dijo que era muy blanca y gorda, aún hoy recuerdo esas palabras desatinadas. Además de eso, recuerdo mucha gente rodeándome, una sábana oscura tapaba las maniobras que efectuaban en mí, y de pronto escuché un llanto, que me reconfortaba y confirmaba el nacimiento de mi pequeña.
Horas más tarde en la habitación de la clínica me dicen que ella estaba muy grave en neonatología, pues su cuerpo no estaba preparado para nacer, puntualmente sus pulmones. Al parecer yo había sufrido un desprendimiento severo de placenta, por lo cual era inviable mandarme a reposar.
Esa noche fue la más triste de mi vida, me sentía responsable del terrible desenlace. Sentía movimientos en el cuerpo, pero ya no tenía adentro nada para cuidar. Escuchaba las gotas bravas de una lluvia que enardecía mis pensamientos ¿Y si mi beba estaba muerta y nadie tenía el valor de decírmelo? No pude cerrar los ojos en toda la noche alterada por esas ideas oscuras, sentía machetazos clavándose en mi cuerpo. Era prisionera de un futuro incierto ¿Y ahora qué?
Esperar, solo quedaba esperar. Mi niña estaba en terapia intensiva pero no me dejaban ir a verla hasta un día después de la cesárea. Ahora su vida no dependía de mí, sino de médicos y enfermeros. Un doctor de planta me dice que me tengo que sacar la leche, porque si no será peor para mi salud, y que luego la tire, que no iba a servir para nada.
Y entonces ella, la mujer que me dio la vida, me acompaña a la sala de neonatología. Me da el valor para atravesar una experiencia inesperada, inolvidable, inenarrable. Allí, en una habitación con aroma a desconcierto, llena de aparatos, de cunas e incubadoras, de cables y bips que alteran el silencio, me acompaña mi madre. Una leona de cabellera blanquecina que estaba guiando a su retoño herido a conocer su pulgarcita. Sentí que se había abierto una dimensión muy extraña de la realidad, pero ahí estaba con el cuerpo y el alma rota tratando de entender lo inentendible.
Los padres tenían dos horarios acotados al día para ver a sus hijos, mientras que las afortunadas madres disponíamos de cinco momentos del día para hacerlo, de apenas treinta minutos al estar encargadas de amamantar o dar la mamadera.Un día hablando con algunas mamás me dicen que estaban habitando la “neo” desde hacía uno, dos o tres meses. Comprendí entonces porque ya no miraban ese espacio con tanta desazón, ya se habían amigado con la rutina de máquinas, sollozos y chaquetas blancas.
Cada día el cansancio de mi cuerpo era más pronunciado, se iban presentando distintos problemas en la evolución de mi hija como la intolerancia a la leche por el intestino no desarrollado, transfusiones de sangre por falta de hierro, confiar era lo único que podía hacer. Los otros padres que desfilaban como yo, en algunos casos venían a la ciudad desde muy lejos, dejando otros hijos, trabajos y obligaciones, yo al menos no tenía que viajar, ni pagar habitaciones de hotel.
Cuando era la hora de que las enfermeras nos abrieran la puerta de la “neo” y no lo hacían, entrabamos en pánico, sabíamos que algún pequeño no andaba bien y entonces cada minuto era un verdadero suplicio. Aprendí a fuerza de ensayo y error que un bebé prematuro es mucho más que una persona que llega al mundo antes de lo esperado y posee bajo peso, porque el desarrollo afuera del útero nunca es equivalente al que se da dentro del cuerpo materno y lleva mucho más tiempo alcanzarlo. En esos dos largos meses que mi niña estuvo internada vi de todo: niños con malformaciones congénitas, muchos mellizos, escuché y conocí historias increíbles.
Cuando todo va bien, y los prematuros alcanzan un peso de dos kilos se les da el alta. Soñaba con ese día, la ropita que le iba a poner, el saludo que por fin iba a poder dar a todos en ese espacio cuando cerrara para siempre la puerta, pero ese momento no sucedía. A veces ella aumentaba de peso, pero luego bajaba.
Llegó un punto que no quería ir más al sanatorio, cuando fallecía un bebé era terrible, o escuchar decir a los doctores en su ronda diaria a unos padres delante de todos que nunca esperen nada de su hijo, con una frialdad y falta de empatía que al recordarlo me lastima.
Me hubiera gustado no pasar por esto que me marcó mucho más que la cicatriz que llevo en el vientre. Tras el alta a mi hija la cuidé muchísimo, los primeros tiempos cumplí el consejo de no exponerla en espacios con mucha gente. Hubo que hacerle varios estudios de ojos, oídos, entre otras partes de su cuerpo para ver si se iba desarrollando de modo satisfactorio.
Hoy ella es una hermosa adolescente que transita el secundario, que aguanta a una madre primeriza que tuvo un bautismo de fuego. En dos ocasiones me hice estudios para saber si el hematoma que desprendió la placenta fue a causa de trombofilia, pero los valores arrojados en los exámenes de sangre fueron bajos. Cuando me entero de algún embarazo de conocidos o familiares no siempre cuento estas vivencias dolorosas. Me da bronca cuando veo alguien que va a dar a luz que no se cuida y se mofa de manejar el auto o trabajar hasta último momento, incluso mintiendo la fecha de parto, para tener toda la licencia por maternidad tras el nacimiento de su bebe.
También siento incomodidad cuando dicen que ser madre es dar la teta, sin considerar que hay otras situaciones, yo por ejemplo tenía los pechos cargados de leche, pero como me dijeron los doctores que no servía guardarla porque mi hija no podía tomarla, y entre el cansancio de ir y venir de la clínica, dejé de sacarme la leche hasta secarme por completo. Hace poco tiempo pude ordenar algunos sinsabores y ponerlos en palabras, así caí en la cuenta que fui blanco de violencia obstétrica, porque ni la ginecóloga que me siguió el embarazo por siete meses, ni los doctores que durante dos meses atendieron a mi hija estuvo en neonatología, recibí la atención y contención que merecía. Lamentablemente desconocía mis derechos. Considero que los médicos deberían comunicarse de una manera más amorosa con sus pacientes.Todos los días miro a mi hija, bella por dentro y por fuera, casi está de mi altura y completamente sana. Entonces sonrío, con la convicción de que el presente es otro tiempo con mujeres más activas y luchadoras por sus derechos.
