Una triste noticia se produjo esta mañana al conocerse que Virginia Ferreyra, la joven profesora de danzas y bailarina baleada murió como consecuencias de las heridas recibidas.
Viriginia, de 32 años, junto con su mamá Claudia Deldebbio, quedaron atrapadas en una balacera mientras esperaban el colectivo en Isola y Maestros Santafesinos el sábado 23 de julio. Claudia murió en el acto y Virginia quedó internada luchando por su vida días y días hasta que finalmente murió.
Virginia Ferreyra, profesora de y miembro de la escuela de danzas del Centro Libanés de Rosario, recibió al menos seis impactos de bala en la zona del estómago y miembros inferiores al ser atacada a tiros
Desde el Heca dije respecto de la joven profesora que «uno de los seis proyectiles atravesó el hígado por lo que la paciente permanece en continuo monitoreo porque fue sometida a múltiples transfusiones, además de cirugías», dijeron en su momento los especialistas. Lamentablemente murió como consecuencia de una bradicardia, es decir baja cantidad de latidos del corazón hasta que finalmente se detiene. Los médicos del Heca trataron de resucitarla, pero fue imposible.
La joven había pasado por varias intervenciones quirúrgicas y atravesado varias infecciones que no pudo superar pese a los cuidados que se le prodigaron.
Una situación intolerable
en medio de la inacción
de los funcionarios
El homicidio de Claudia y las severas heridas que recibió Virginia, su hija, ahora muerta, son el paradigma del dolor, de la injusticia y de lo que jamás debería suceder. Pero lamentablemente la muerte de personas inocentes a manos de mafiosos son recurrentes en este país, y especialmente en Rosario, sin que los funcionarios de una República maltratada se dispongan a adoptar medidas contundentes para detener este tsunami de balaceras, robos y homicidios. Muchas palabras, a veces patéticas y estúpidas para con las que se quiere quedar bien con el electorado, pero escasas acciones para mostrar.
Además, pulula entre los funcionarios de los poderes de la República la idea falsamente garantista que beneficia a los delincuentes, mientras las garantías para los ciudadanos honestos están en la celda de una garantía mal entendida que con frecuencia se transforma en impunidad.
En este marco, no deja de llamar la atención la falta a veces de reclamos firmes (salvo excepciones) por parte de la sociedad trabajadora, honesta, cumplidora de sus compromisos republicanos, quien parece resignada, como si estas situaciones dramáticas fueran algo natural, algo que pertenece ya al paisaje urbano cotidiano.
Uno de los pedidos de justicia realizados

