El hombre que flagela el cuerpo de una mujer le flagela el alma y la mente y lo peor muchas veces la de vuestros hijos, produciendo heridas que tal vez cierren, pero no curen jamás, porque sangrarán cada vez que la violencia -ésta que siempre se repite- vuelva a asomar.
El hombre que flagela el cuerpo de una mujer en cada puño aprieta y golpea su impotencia simbólica y su debilidad personal.
El hombre que flagela el cuerpo de una mujer, en verdad golpea en ella a su pobre y arrastrado YO que ha proyectado en el espejo de este OTRO, para así poder verse más altivo y menos falto. Como pidiendo una respuesta que nunca llegará de la víctima, sino que debe encontrarla en sí mismo. En cambio, elige callarse y callarla o callarlos, elige someterse a este hecho en el cual algo de lo no-representable podría golpearlo confrontándolo con lo que no pudo.
El hombre que flagela el cuerpo de una mujer alza y exhibe un escenario macabro de miradas aterrorizadas, bocas abiertas y mudas, gritos silentes, heridas sangrantes, temblores convulsivos, desarmando y deshilachando a la vez inocentes vidas.
El hombre que flagela el cuerpo de una mujer la corta y arrasa la palabra por no lograr cortar o cortarse porque no tiene ley.
El hombre que flagela el cuerpo de una mujer siente saldar cuentas de un primario endeudamiento, cuando en realidad lo presentifica y actúa de manera cruda y brutal dirigida a un objeto externo, al cual lo hace depositario de esta posición de deuda y culpa. Cuando de esto no se trata y siendo así que maltrata.
Entonces si todas estas estampas letales de aberraciones repetidas en el afuera necesitó entre otros de ley interna del victimario, exijamos también que esta se baje desde el afuera, limpia, firme, segura y a tiempo; de modo de no anudar más posiciones escindidas. De modo de no cavar más fosas de inocentes víctimas, de modo de no callar más lo que ya se calla en estos aberrantes actos.
No nos dejemos más y no dejemos que lastimen a nuestras vidas engendradas, deseadas, alumbradas y avenidas a crecer en el amor y la armonía merecidos.
Cortemos con lo que hay que cortar, tenemos la ventaja de poder lograrlo y también de exigirlo por defensa y por derecho. El miedo nos puede paralizar pero la violencia nos puede matar.
Por María Julia Isaac
Licenciada en Psicología- (Mat.1414)

